lunes, 20 de febrero de 2012

Nieve.


Su destino estuvo marcado desde un comienzo. Recordaba solo una imagen de su niñez una imagen que llevaba completamente grabada en su mente. El cielo negro y la nieve cayendo lentamente sobre el suelo, ese suelo cubierto de sangre y dolor. Sabía que a partir de ese día la cruz, la sangre y la daga estarían por siempre con ella.
Se había convertido en una de las más famosas cazadoras de alimañas oscuras que surcaban el cielo por la noche causando estragos en la ciudad. El invierno se había extendido más de la cuenta durante esos años y las horas de sol, solo recuerdos. La ciudad estaba sumida en una eterna oscuridad. La nieve. Siempre la nieve removía ese recuerdo. Ese recuerdo que llevaba representado en su cuello con la pesada cruz de plata y que lo sentía cada vez que hundía su daga en algún pecho monstruoso, mientras el olor de la sangre que corría a borbotones inundaba el ambiente devolviendo a su recuerdo ese metálico aroma. Aroma que la hacía entrar en estado de éxtasis, deseándola probar en un intento de regresar a aquella noche en que lo había perdido todo y recordar algo más de su pasado. Solo el amor que sentía por su padre había logrado contener sus ansias de convertirse en otra alimaña.

1 comentario:

claudia dijo...

desde el dolor se aprende y mucho, es un maestro por excelencia