Silencio. Me ahogo en mis silencios
las palabras, fantasmas, hacen eco en
mis noches
imágenes de un infierno nocturno
Palabras náufragas, condenadas
al sepulcro dormido.
Decidí dejar de remar, la bastedad me estaba enloqueciendo, no había
nada, solo agua y las fuerzas se me habían ido, tiré el remo y me acosté en la
balsa, esperando a la muerte, quizás, ya no creía en milagros. Sentí el ardor
de mi piel quemada, la necesidad de agua después de dos días sin lluvia y
deseándola cada vez más y más al ver tanto a mi alrededor, pero el agua era
veneno. El hambre ya había pasado a ser un dolor punzante en mi estómago, pero
el corazón seguía palpitando, el calor y la vida, seguía corriendo por las
venas, no podía dormir, no podía hablar, solo ver ese cielo celeste, inmenso,
sofocante e infinito, como mi agonía.
Busqué el
consuelo en besos vacíos y en un vaso de cerveza, mientras me metía en la
maravilla de Buenos Aires, ya no con sus tangos de amores perdidos, de frac y
sombrero, sino en la ilusión reconvertida en decoración, de aquellos años de
gloria de una ciudad en nacimiento. Las plazas llenas de cerveza volcada y
personas mostrando la categoría de su bolsillo. La caminata por calles
silenciosas entre el estruendo de las avenidas, con sus luces y bares, me
llenaba de nostalgias de brazos cruzados y compinches de una caminata de amor.
Ya no tendré tus
ojos y cada vez cuesta más la vida. Me dejás huérfana de música, a la deriva de
una realidad que me ahoga con fantasmas nocturnos. Deambulo por la vida como si
nada me llenara y las cosas pasaran por delante de mis ojos como el vientos,
sin dejar huellas ni marcas que se aferren a un alma que se decolora cada día y
cada hora. Estoy en sepia, y vuelvo a convertirme en la de antes, la que no me
gusta, el ostracismo de mi personalidad me invade en casa o con amigos íntimos
mientras que, delante de la gente hablo de más para que no se note esta
pudrición interna que ocupa cada segundo de mi vida, cada espacio de mi alma.